Entretenimiento

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La TV sin Camiroaga

Posteado a las 2 de Septiembre de 2012 - 15:41 23 comentarios
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Mito presente, sensibilidad colectiva, memoria desbordada y pérdida de valor. Cuatro ejes que permiten mirar a un año de distancia el accidente de Juan Fernández, la peor tragedia que se recuerde en la Isla y que con su veintena de víctimas fatales también marcó para siempre una etapa de la historia televisiva nacional.

Mito porque allí murió Felipe Camiroaga. Sin duda alguna el rostro más transversal, múltiple, amable, lúdico, querido y hoy venerado en la pantalla local. Una de las últimas celebridades de la industria. Personaje más tranquilo y silente que bullicioso, tanto con sus afectos más íntimos como con sus cotidianos gestos solidarios. Sujeto de hablar directo, capaz de acercar desde su sentido común los temas más complejos a los públicos que preferentemente se vinculan con la realidad y la “construyen” a través de la televisión. Esos que para entender el mundo precisan de un rostro que se los explique y que sea capaz de pararse de igual a igual con cualquier autoridad pública, pero con el talento de llevarlo a sus propios códigos de cercanía y simpleza.

Sensibilidad colectiva porque los mismos que lo transformaron en su familiar conocido, en su amor platónico mediatizado -hijo, novio, hermano, amigo, galán soltero- hoy reviven el luto de la pérdida. Ya sea en Villa Alegre con un museo dedicado a su memoria, Juan Fernández con la visita de familiares de las víctimas de la tragedia y autoridades para conmemorar la fecha o el frontis de TVN, revisitado como un lugar de peregrinación cuasi sagrado para quienes lo añoran y declaran insustituible. Así es como su figura hoy habita de distinta forma en los hogares chilenos (como calendario, estampita, altar, alcancía, estatuilla, chapita, cintillo, entre otros objetos).

Memoria desbordada porque asistimos ahora sin duda alguna a desmesurados actos de homenaje. Ceremonias necesarias para simbolizar el peso de la tragedia, pero jugando con las emociones y el dolor en el límite del exceso, la hipervisibilidad o el barroquismo. Mismas ceremonias y programas que por el carácter de las víctimas quizá no hubieran querido así. Baste recordar a Camiroaga que -bajo su modestia y pudor- en reiteradas ocasiones expresó su desacuerdo con cómo los medios de comunicación hacían de las catástrofes y del dolor humano –aparte de la farándula como carnicería de almas- un espectáculo innecesario y morboso.

Pérdida de valor porque el Buenos Días A Todos entre marzo y agosto del 2012 frente a igual período del año anterior cayó drásticamente en prácticamente todos los públicos, incluidas las mujeres en general, las audiencias menores de 35 años, el target abc comercial y los adultos mayores de los segmentos medios y altos. Por eso, esta fecha -devenida en múltiples programas y transmisiones redundantes- permite transformarlo también en una caja recaudadora de audiencias para una industria televisiva abierta que va a la baja. Presenciamos una TV masiva en donde imperan los formatos por sobre los rostros potentes, cuya irremediable ruta es la del adorno si no se exponen en programas franjeados que los hagan conocidos y queribles. Por eso Camiroaga es y será único. Por sus múltiples características personales que lo llevaron a ser el ancla televisivo de mayor peso específico, capaz de reírse de sí mismo, de sacarse la ropa en público para entrevistar a una abuela nudista, de conmoverse hasta las lágrimas con un testimonio de dolor humano y con la defensa de los animales, de sincerar hasta a los personajes más fríos y calculadores, de acercarnos un poco a todos mediante una conversación amable.

Recordar a Felipe Camiroaga sin caer en clichés no es tarea fácil. Así lo intenté hace un año, inmediatamente conocida la tragedia con la columna Réquiem Por Un Solitario y así lo intento hoy. Si bien nunca llegó a ser padre más allá de sus innumerables mascotas, sí fue un galán mítico… un amante reservado de quienes pudieron ser sus parejas –reales y mediales- a lo largo de sus casi 45 años de vida.